Por: Alejandro Carrillo.
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La propuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum de abrir un proceso nacional de análisis para regular el uso de dispositivos móviles y el acceso a redes sociales por parte de niñas, niños y adolescentes llega en un momento en que el debate ya no gira en torno a si la tecnología debe estar presente en la educación, sino sobre cómo evitar que sea la tecnología la que termine educando a los jóvenes.
La discusión no es exclusiva de México. De acuerdo con la UNESCO, al menos 79 países habían implementado hasta enero de 2025 medidas para restringir el uso de teléfonos celulares en las escuelas. El objetivo es reducir distracciones, mejorar la convivencia y favorecer el aprendizaje.
Sin embargo, la propia evidencia internacional demuestra que no existe una solución única. Mientras algunos estudios muestran mejoras en la concentración y el rendimiento académico tras limitar los celulares en las aulas, investigaciones realizadas en Suecia y reportes del Departamento de Educación de Estados Unidos indican que las prohibiciones, por sí solas, no garantizan mejores calificaciones ni reducen fenómenos como el ciberacoso.
La lección es clara: regular no es prohibir, sino construir reglas inteligentes.
Una generación que vive conectada
La UNESCO advierte que una de cada tres personas conectadas a internet es menor de edad. Además, el 83 % de madres y padres considera que sus hijos pasan demasiado tiempo frente a las pantallas.

En México, distintas encuestas sobre hábitos digitales muestran que muchos adolescentes permanecen entre seis y nueve horas diarias utilizando dispositivos electrónicos, gran parte de ese tiempo dedicado a redes sociales, videos cortos y mensajería. el problema no es únicamente el tiempo de exposición.
La atención fragmentada que generan plataformas diseñadas para mantener al usuario conectado reduce la capacidad para sostener procesos de lectura prolongada, comprensión de textos complejos y pensamiento crítico.
Mientras un video de 30 segundos ofrece gratificación inmediata, leer un capítulo de un libro exige concentración, memoria y análisis. ese cambio de hábitos tiene consecuencias educativas.
Inteligencia artificial: una herramienta, no un sustituto del pensamiento
Durante los foros organizados en distintas partes del mundo para analizar la regulación digital se presentó un dato revelador: ocho de cada diez estudiantes utilizan inteligencia artificial generativa. Por lo tanto el reto no es que empleen estas herramientas, sino cómo las utilizan.
Si la IA sustituye la lectura, la investigación y el razonamiento, el resultado será una generación con respuestas rápidas pero con menor capacidad para comprender problemas complejos.
Sin embargo, la inteligencia artificial puede resumir un libro, pero no reemplaza la experiencia intelectual de leerlo, puede responder preguntas, pero no desarrolla por sí sola el criterio para distinguir entre información confiable y desinformación.
precisamente por ello la UNESCO insiste en fortalecer la alfabetización mediática, informacional y tecnológica, antes que limitarse únicamente a imponer restricciones.
China: menos prohibición y más inversión educativa
Mientras gran parte del debate occidental gira alrededor de prohibir celulares, China ha optado por una estrategia distinta: invertir masivamente en educación y digitalización.
De acuerdo con información del Ministerio de Educación chino presentada ante la UNESCO:
•Durante once años consecutivos ha destinado más del 4 % de su PIB al gasto público en educación.
•La cobertura preescolar alcanza 91.1 %.
La conclusión de la educación obligatoria llega al 95.7 %.
•La matrícula en educación superior supera el 60 %.
•El promedio de escolaridad de quienes ingresan al mercado laboral alcanza 14 años.
•La tasa de analfabetismo se redujo a 2.67 %.
Además, el gobierno chino desarrolló la plataforma Educación Inteligente de China, que concentra recursos digitales gratuitos para estudiantes y docentes, acompañada de políticas sobre ética en inteligencia artificial y protección de datos.
El mensaje resulta evidente: la tecnología debe ponerse al servicio de la educación y no la educación al servicio de la tecnología.
México enfrenta un reto distinto
México ha ampliado su cobertura educativa durante las últimas décadas, pero todavía enfrenta rezagos importantes en aprendizaje.
Las evaluaciones internacionales y nacionales han mostrado dificultades persistentes en comprensión lectora, matemáticas y ciencias, mientras que diversos estudios señalan que una proporción importante de estudiantes presenta niveles insuficientes de comprensión de textos.
Paradójicamente, nunca había existido tanto acceso a la información.Hoy cualquier estudiante tiene millones de documentos disponibles desde un teléfono inteligente.
Por lo tanto, el problema ya no es acceder al conocimiento, el problema es querer leerlo, comprenderlo y analizarlo.
La cultura del video corto, la notificación permanente y la recompensa inmediata ha reducido el tiempo destinado a la lectura profunda.
Regular sí, pero con una visión integral
La propia UNESCO plantea que la regulación debe involucrar a cuatro actores fundamentales:
•Escuelas que promuevan la alfabetización tecnológica y espacios de convivencia.
•Familias que establezcan acuerdos sobre horarios y contenidos digitales.
•Empresas tecnológicas que diseñen plataformas bajo principios de protección infantil.
•Gobiernos y academia que generen políticas públicas sustentadas en evidencia científica.
•Ese enfoque parece más sólido que una prohibición absoluta.
Una oportunidad para transformar la educación
La iniciativa de Claudia Sheinbaum puede convertirse en una política pública relevante si trasciende la discusión sobre retirar celulares de las aulas.
México necesita formar estudiantes capaces de utilizar la inteligencia artificial como herramienta para crear conocimiento, no únicamente para copiar tareas.
También requiere recuperar el hábito de la lectura, fortalecer la comprensión crítica y enseñar a distinguir entre información, propaganda y desinformación.
La regulación de las plataformas digitales no debe entenderse como una lucha contra la tecnología.
Debe ser una estrategia para que la tecnología vuelva a ocupar el lugar que le corresponde: ser un instrumento para aprender y desarrollar talento, no un mecanismo que sustituya el pensamiento, la convivencia y la formación de las nuevas generaciones.
En un país donde millones de jóvenes pasan varias horas al día frente a una pantalla, la verdadera pregunta no es cuánto tiempo permanecen conectados, sino qué están aprendiendo durante ese tiempo. Esa respuesta será la que determine la competitividad educativa y el desarrollo de México en las próximas décadas.