**Actores políticos advirtieron a Sherer Ibarra que aunque Morena tuviera el 51% de los votos, el PRI no permitiría la derrota en el EdoMéx en 2017 la última elección ganada por el PRI en el Estado más competitivo para el tricolor.
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Por: Alejandro Carrillo
La elección para gobernador del Estado de México en 2017 fue mucho más que una contienda local: representó el verdadero ensayo general de la elección presidencial de 2018. Así lo narra Julio Scherer Ibarra en Ni venganza ni perdón, al reconstruirse desde dentro la campaña de Delfina Gómez y el papel central que jugó Andrés Manuel López Obrador.
En el libro que ha señalado otros momentos entre Sherer Ibarra y su historia junto al expresidente López Obrador señaló su mirada de lo ocurrido en el Estado de México.
Desde el arranque, Morena entendió que el EdoMéx era estratégico. No sólo por ser el padrón electoral más grande del país, sino por su carga simbólica: era el estado natal del presidente Enrique Peña Nieto y un bastión histórico del PRI. Ganarlo significaba debilitar al régimen; perderlo, confirmar hasta dónde estaba dispuesto a llegar el poder para conservarlo.
Delfina Gómez inició según Sherer Ibarra como una candidata con bajo reconocimiento estatal. Proveniente de Texcoco, con perfil de maestra y sin gran proyección mediática, su candidatura fue cuidadosamente construida por un equipo reducido encabezado por Scherer, Alfonso Brito, su primo Hugo Scherer, y Abelardo Martín
La estrategia fue clara: presentarla como una figura sencilla, cercana al pueblo, capaz de derrotar al viejo PRI del grupo Hank. Esa narrativa conectó especialmente en el oriente del estado, donde su arraigo era fuerte, narra en el libro entrevistado por el periodista Jorge Fernández Menéndez.
Mientras Alfredo del Mazo partía con ventaja y Josefina Vázquez Mota se desdibujaba, según cuenta Sherer en los primeros dos meses, Josefina cayó a menos de 20 puntos, Del Mazo crecía poco, pero se sostenía, y Delfina empezó a levantar.
Delfina comenzó a crecer de forma sostenida. la campaña combinó giras intensas, presencia territorial y un uso eficaz de Facebook. López Obrador acompañó personalmente gran parte del proceso, moldeando discursos y reforzando el mensaje. Atestigua Sherer en el libro, detalla que pronto surgió el optimismo: los mítines crecían, las encuestas internas colocaban a Delfina arriba y se instaló la idea de que el cambio era posible.
Pero al mismo tiempo aparecieron las advertencias.
Scherer relata encuentros con figuras del priismo que anticipaban lo inevitable: el Estado de México no se entregaría por la vía electoral. José Reyes Baeza y Gerardo Vargas Landeros fueron directos: aunque Morena tuviera el 51% de los votos, el PRI no permitiría la derrota. Hablaban de un “operativo completo”, municipio por municipio, manzana por manzana, para asegurar el triunfo de Del Mazo.
Estas conversaciones revelan el trasfondo de la elección: no se trataba sólo de ganar votos, sino de enfrentar al aparato del Estado.
El día de la elección confirmó esos presagios. Oficialmente, Alfredo del Mazo ganó por un margen mínimo. Para Scherer, la derrota no fue producto de la campaña, sino de una decisión tomada desde el poder. La frase resume el momento: la fuerza del gobierno fue mayor que la de las personas.
La reacción de López Obrador resulta clave para entender el significado político del episodio. Lejos del desánimo, afirmó: “Perdiendo, ganamos”. Para él, el EdoMéx funcionó como laboratorio. Morena había logrado subir de 14 a 34 puntos, arrasar en el oriente, penetrar zonas de clase media y resistir en el llamado cinturón azul. Más importante aún: quedó claro que el movimiento tenía alcance nacional y que podía vencer en 2018.
La derrota, paradójicamente, fortaleció el proyecto presidencial. También evidenció el miedo del régimen: Peña Nieto necesitaba conservar su estado para no llegar completamente debilitado al proceso federal. El triunfo priista fue costoso y defensivo; aseguró el bastión mexiquense, pero confirmó que el PRI estaba en retirada.
Desde la mirada de Scherer, la elección del Estado de México marcó un punto de quiebre. Morena comprobó su capacidad de movilización, López Obrador afinó su estrategia y el sistema mostró su último gran esfuerzo por sostenerse. En ese choque de fuerzas se anticipó el desenlace de 2018.
Así, 2017 no fue un fracaso, sino el preludio del cambio: una derrota que enseñó cómo ganarle al poder.
Como cierre del ciclo iniciado en 2017, resulta significativo que seis años después, en 2023, Delfina Gómez Álvarez finalmente ganara la gubernatura del Estado de México. Su triunfo puso fin a casi un siglo de hegemonía priista en la entidad, pero no puede explicarse únicamente como consecuencia del desgaste del PRI.
También fue resultado de una operación política nacional encabezada por Andrés Manuel López Obrador, quien —ya como presidente de la República— convirtió la elección mexiquense en una prioridad estratégica para su proyecto.
A diferencia de 2017, cuando Morena enfrentó al aparato del gobierno federal priista, en 2023 el escenario se invirtió por completo: ahora fue el oficialismo federal el que respaldó de manera abierta a Delfina Gómez.
La intervención política desde Palacio Nacional, el alineamiento de gobernadores, el uso de programas sociales como base territorial y la movilización de estructuras construidas durante años terminaron por inclinar la balanza.
A ello se sumó el propio crecimiento político de Delfina Gómez, quien llegó a esta segunda oportunidad con mayor experiencia electoral, aprendizaje institucional y una red de apoyos más sólida que la que tuvo en su primera contienda. La victoria fue, así, producto tanto del colapso del viejo régimen como de la consolidación del nuevo.
Este contraste revela una constante en la política mexicana contemporánea: el peso determinante del poder presidencial en las elecciones estatales. Si en 2017 Enrique Peña Nieto defendió su estado natal “a como diera lugar”, en 2023 López Obrador hizo lo propio para incorporarlo al mapa de la Cuarta Transformación, ya no desde la oposición, sino desde el centro mismo del poder.
La trayectoria de Alejandra del Moral, candidata del PRI en esa elección, ilustra con claridad la reconfiguración del sistema político. Tras encabezar la derrota del priismo en su último bastión histórico, terminó incorporándose como funcionaria federal al gobierno morenista, pese a que el PRI le ofreció una diputación federal plurinominal. Su salida del partido y su integración al nuevo régimen simbolizan no sólo la absorción de cuadros del antiguo poder por la nueva administración, sino también la fragilidad de las fronteras partidistas cuando el eje de gravedad política cambia de manos.
Visto en perspectiva, el Estado de México no sólo fue escenario de una alternancia, sino de una transición prolongada iniciada en 2017. Aquella elección cerrada y cuestionada por Sherer Ibarra, funcionó como laboratorio político; la de 2023 representó su desenlace. Más que un simple relevo de partidos, el proceso muestra cómo el control territorial, la operación política, el aprendizaje de los actores y la influencia presidencial siguen siendo factores centrales para entender la democracia electoral en México.